Las pinturas de la capilla templaria de Cofita

– Hay sueños que recuerdas con nitidez. Por una misteriosa razón, al contrario de lo que suele ocurrir, no te olvidas de ellos, tras tomar el primer sorbo del café de la mañana.

Este, en concreto, lo tuve hace muchos años, cuando aún seguía dormido en mi rutina. En él aparecía delante de lo que desde el exterior parecia un pequeño almacén. En la brumosa escena, una persona metía cajas de botellas vacías con una carretilla de mano dentro de aquel lugar. Desde la entrada yo, no paraba de gritar al atareado señor. ¡Es una Iglesia, una muy importante, no puedes utilizarla de almacén!. Aquel personaje no parecía oír mis gritos. Aquel día me desperté un tanto agitado. Por aquel entonces, me extrañó muchísimo. Hacía años que no pisaba una iglesia.

La vida cambió mucho desde entonces. Ahora me moría de ganas de visitar lugares sagrados. Mi compañera sabía que, había una en especial que quería ver con mis propios ojos, San Juan de la peña. Me la había oído nombrar tantas veces que me dio una sorpresa. Había preparado una escapada para que pudiésemos viajar a ese monasterio.

El hilo rojo del destino comenzó a desenredar su complicado ovillo. Días antes de partir, desde diferentes fuentes, me llegaron noticias de la existencia de unos curiosos grafitis gravados en los sillares exteriores de una pequeña capilla, cercana a Monzón. Tenía que visitarla, así fue como, a nuestro regreso, decidí acercarnos a aquella pequeña aldea.

Los propietarios de la bodega de vino aledaña nos recibieron con amabilidad. Nos permitieron entrar en la pequeña y destartalada iglesia de Santa Magdalena . No quedaba nada alli dentro. Apenas una hornacina vacia en lo que un dia fue el altar y poco más.

-Hace mucho que este lugar no se hacen misas, ahora tenemos una iglesia nueva en el pueblo, nos contaba el improvisado guía.
– Hace años la utilizábamos de almacén para las botellas, eso fue antes de que hiciésemos las bodegas nuevas.
En aquel momento no recordé el sueño, pero unos días después caí en la cuenta. Premonición lo llaman algunos, casualidad otros. Aquel sutil filamento que nos guiaba, tenía preparadas otras sorpresas.

La primera vez que comes con los padres de tu pareja estas algo nervioso. Para romper el hielo decidimos hablar del pasado común con mi suegro. Los dos éramos aragoneses que habíamos acabado en Valencia.

-Mi madre-comentaba mi futuro suegro- era de Barbastro. Bueno, de Barbastro exactamente no. Mi madre nació en una pequeña masía que pertenecía al término de Cofita. No creo que lo conozcas, es un pueblecito muy pequeño.

Casi me atraganto con la sopa. Para ayudarme, mi señora me dio un golpecito en la espinilla con su pie.

-Pero Papá, nunca nos habías contado nada de eso. Claro que no lo conocemos ¿Verdad?

Mientras me limpiaba restos de la sopa con la servilleta dije que, por supuesto, no conocía ese lugar.

Pero el hilo rojo del destino había entrado en la rueca y no dejaba de girar con rapidez. No tardé en crear un pequeño cuento sobre aquella capilla románica y sus grafitis.

Aquel camino me había conectado con muchas otras personas, tanto o más soñadoras que yo.

Espíritus libres, que buscan algo más durante su existencia en este plano. A muchos de ellos los llamo, ahora, hermanos.
Así fue como, años después, uno de estas personas publicó unas fotos de su visita a aquella vieja iglesia en el Cinca Medio.
Es triste decirlo pero, fue Facebook quien permitió que el hilo rojo siguiese su camino.

Entre las imágenes creí ver una en la que aparecía la silueta borrosa de un rey. Sospeché que podían tratarse de restos de policromías medievales.

Me puse en contacto con uno de aquellos hermanos de hierro que vivía en Monzón.
Jesús Javier Serena Sáenz, es un apasionado del legado medieval de su tierra. Conocía bien el lugar y trabajando siempre en pareja, como toda gran misión requiere, se acercaron a inspeccionar el templo.

Lo que imaginaba, en la distancia informática, que podían ser policromías, resultaron ser, solo, los restos de un viajo papel que permanecía clavado en la puerta. El recuerdo borroso, de una humilde Iglesia Parroquial.

Pero, unos desconchones en la pared captaron la atención de aquellos visitantes. Bajo la capa de cal, se vislumbraban imágenes de pinturas murales. Los dos levantaron lentamente la vista. No lo vieron pero lo sintieron. Toda la nave podía estar llena de pinturas del Siglo XII o XIII. El ábside, los muros, podrían esconder imágenes pérdidas hace más de 700 años, de un valor incalculable. Bajo la capa de pintura blanca latía el color de los siglos. Los héroes habían cumplido su lavor, por ello deberian ser reconocidos, en esta tierra ingrata, de la que a muchos nos han echado.
No se pusieron medallas, no fanfarronearon, dieron parte a la autoridad competente y discretamente se pusieron en un segundo plano. Me niego a que su protagonismo no sea recordado.

Hoy, más de un año después de aquel descubrimiento, la noticia ha saltado a los medios. “Una investigación rutinaria de los técnicos de patrimonio saca a la luz frescos medievales en Cofita”.

Dos titulares: “la comarca pide Prudencia ante el hallazgo“. Chunta aragonesista apremia a patrimonio

Aquel templo relucirá, como cuando fue levantado por la legendaria hermandad del manto blanco. Por aquel entonces, ,esta orden de caballería, apenas daba sus primeros pasos en la Península.
La iglesia-fortaleza de Maria Magdalena será conocida en todo el mundo, Dios me diante.

Pero los edificios y sus frescos, no son lo más importante de este cuento, no son el verdadero tesoro. Son las personas que, muchas veces desde anonimato, luchas por recordar el pasado. Por despertar conciencias, por hacer puentes.

Aquellos hombre y mujeres, que se esfuerzan en restaurar el legado propiedad de todos. Todos aquellos que hacen de este mundo un lugar mejor. Hombres y mujeres que son un verdadero templo, ellos mismos. El hilo rojo del destino me ha conectado con muchos de ellos. Todas estas personas son portadores de una llama inmortal. Merecen, más que mucho nobles y charlatanes, ser llamados TEMPLARIOS.

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Texto y foto: Sergio Solsona Palma

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