El último caballero del Grial.

– Tras más de siete siglo de enigma, Antonio lo tenía claro. El anhelo de los caballeros de la mesa redonda estaba entre sus manos. Algo en su interior le decía que, aquel objeto místico y su poder, le habían salvado la vida. Los juglares tenían razón, los trovadores no habían exagerado en su belleza. Desde ese día el mundo podía reencontrarse con la joya más buscada de la historia. Lo había demostrado científicamente, no había lugar a dudas.

El sonido de los motores siempre era el preludio del terrorífico bombardeo. Agazapado en aquella fría y húmeda trinchera, aquel soldado de apenas 20 años, manoseaba nervioso una moneda. En concreto se trataba de un vellón del siglo XIII que la había regalado su padre antes de salir hacia el frente.
En ese momento la moneda estaba en el aire. Si salía cara sobrevivirían. Si salía cruz una de aquellas explosiones acabaría con su vida. Solo el azar y el destino podían decidir el final de aquel juego.

Hacia muchos siglos atrás, aquellas mismas montañas habían sido de testigos de combates muy diferentes. En esos mismos campos de batalla, los ejércitos cristianos se habían enfrentado contra las hordas mahometanas. Aquel ciclo de sangre se volvía a repetir en el mismo escenario.
Al terminar los bombardeos, las exhaustas tropas decidieron rendirse. Habían resistido lo suficiente para que muchos pudiesen escapar y cruzar al otro lado de los Pirineos. Los que se habían quedado en la retaguardia, para proteger la vida de miles de civiles, sabían que no podrían vencer, solo ganar tiempo para los indefensos. La batalla de la bolsa de Bielsa había terminado. Poco a poco fueron saliendo, con las manos en alto, de aquellos agujeros en el suelo.
Pronto vieron venir hacia ellos a sus enemigos. Los primeros en llegar lucían turbantes y hablaban en árabe. Sus rostros oscuros desataron el terror entre sus camaradas. Los caballeros del Batallón 520 de Izquierda Republicana habían sido derrotados en aquella ocasión.

Los supervivientes fueron llevados a los calabozos de Huesca a golpes. Una vez más la moneda estaba en el aire. Si salía cara podía ser ejecutado en una cuneta sin ningún reparo, de un disparo en la cabeza. Si salía cruz, le esperaba un incierto futuro en una cárcel fascista. Pero aquel soldado tenía un destino muy especial, que no acababa allí. Algo le protegía.

Gracias a la tenaz intercesión de su padre, Antonio pudo salir de la prisión. Pronto comenzó a destacar. Tras graduarse Cum Laude en la facultad de Historia, llegaría a ser uno de los más afamados expertos mundiales en arqueología e historia antigua.

Corría el año 1957 cuando, el ahora sabio doctor, recibió una extraña llamada. Al otro lado del hilo telefónico estaba el obispo de Valencia Marcelino Olaechea.

El clérigo le solicitaba que realizase un estudio arqueológico de un cáliz que había en la catedral de Valencia. El catedrático se negó en rotundo. Sabia, por propia experiencia, el daño que podía hacer la fe ciega. Además, no creía que, si el análisis no diese los resultados deseados, el informe saliese a la luz. Las negociaciones fueron tensas. Finalmente el obispado accedió a sus peticiones. Tendría que tener acceso la reliquia. Debería poder desmontar la y, los resultados, fuesen los que fuesen, se publicarían.
Pronto, lo descrito en los cantares de gesta, que se habían considerado fantasías hasta entonces, comenzó a coincidir con los exhaustivos análisis científicos. Pero no solo eso, al ir cotejando lo hallado con la fuente medieval ,que más datos aportaba, parecía que las confusas descripciones de aquel objeto comenzaban a ser comprendidas.
En 1215, aquel trovador alemán, había descrito así este símbolo universal, que permanecía perdido en la imaginación colectiva. Los versos, dejaban claro que, estábamos ente una copa.

“Se pidiera lo que se pidiera de beber y se pusiera donde se pusiera la copa, se podía ver dentro de ella el poder del Grial”
(Parzival 1215-Wolfran bon Eschenvach)

Era la primera impresión más evidente, al acercarte a aquella reluciente joya. Su apariencia global era la de una copa. Un lujoso cáliz de oro y piedras preciosas.
Pero la mirada racional del investigador no se dejó impresionar. Había solicitado que se desmontase aquella reliquia para poder valorar, por separado, todos sus diferentes partes.
La taza superior, la principal, es una copa de piedra, a modo de tazón sin asas, tallada en un ágata o cornalina oriental. Es un vaso “murrino” (pulido con mirra) procedente de un taller oriental helenístico-romano, que puede datarse entre el siglo IV a.C. y el siglo I d.C. Existían más pieza como esa en museos de todo el mundo para corroborar aquella afirmación.

Los versos medievales volvían a recuperar su significado, con el exhaustivo análisis de aquel antiguo miliciano.

“La piedra proporciona a los seres humanos tal fuerza vital que su carne y sus huesos rejuvenecen al instante. Esta piedra se llama a también el Grial.”
(Parzival 1215-Wolfran von Eschenvach)

Aquella pieza de ágata pulida, pudo ser vista también, como una piedra portadora de poderes místicos por los caballeros que la custodiaban. A través de este cuento, que circulaba por Toledo, llegó el relato de esta historia. Pero la magia del Grial aún reservaba más sorpresas a Antonio Beltran.

Al analizar personalmente la reliquia se percató un detalle, que había pasado inadvertido durante siglos. En la base inferior se podía ver una extraña inscripción. Una vez más, los versos de aquel poema épico, coincidían con la realidad.

“Oíd cómo se sabe quiénes son llamados al Grial. En el borde de la piedra, una inscripción con letras celestiales indica el nombre y el origen, sea muchacha o muchacho, del que está destinado a hacer este viaje de salvación. No hace falta quitar la inscripción, pues, tan pronto como se ha leído, desaparece por sí misma de la vista”.
(Parzival 1215-Wolfran von Eschenvach)

Aquellas palabras estaban grabadas en caracteres cúficos, un sistema de grafías árabes simplificadas. El profesor, tras consultar con expertos internacionales, la tradujo como “Lizahira”. Beltrán lanza la idea de que dicha inscripción debería leerse “Lilzahira”, es decir, “para la más floreciente”, haciendo referencia a “la ciudad floreciente” (Al Medina al Zahira), o sea, la “Medina Azahara” construida por Almanzor en el siglo X, en la actual provincia de Córdoba.

Pero incluso en ese detalle era sorprendente la similitud con le epopeya medieval. A lo largo de sus extensos versos, los caballeros que se acercaban a la copa mística leían en ella mensajes diferentes. Lo mismo ocurre con los expertos que han intentado traducir este gravado.

“Así pues, leímos en el Grial que los tormentos de Anfortas terminarían cuando le hicieran la pregunta”
(Parzival 1215-Wolfran von Eschenvach)

Para algunos se traduciría como “para el que brilla” o “la más reluciente”. Todo el que se acerca a este misterio traduce da un significado u otro. Es tentador descifrar el enigma. ¿Qué hace una inscripción árabe en una de las reliquias más sagradas de la cristiandad? Sin duda la pericia de los orfebre hispano-musulmanes, parece ser la responsables de aquellas filigranas en oro con perlas, rubíes y esmeraldas.

Manuel había nacido en la pacífica “floresta” de Sariñena de 1916. Como todo héroe de leyenda, la vida le había hecho, de muy joven, sufrir grandes pruebas. En un extraño bucle de milenios, este caballero encontró el sagrado objeto. Gracias a su saber, lo re-descubrió al mundo.

No podemos asegurar que ese vaso formase parte del menaje de la cena pascual más importante de la historia. Lo que si podemos confirmar es, que su estancia en un lejano monasterio entre montañas, inspiró el mito literario del Grial y sus bravos y nobles caballeros. El 29 de Abril de 2016, a los 90 años de edad, moría en Zaragoza el último de ellos.

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Agradecimientos por este relato a 

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