Bandoleros del Pirineo Oscense

– Justin Cénac-Moncaut. Este galo serviría diversas valoraciones sobre el bandolerismo que se daba “de la ciudad de Huesca hacia el norte”, desde su estudio sobre L’Espagne inconnue. Voyage dans les Pyrénées de Barcelone à Tortosa (1870):
“¡Qué veo ahora, en el recodo de un sendero!: un hombre a caballo acompañado por otro que porta un trabuco. Será un bandido y su compinche […].

”El aragonés lleva la carabina como el navarro y el catalán el cuchillo, o como el italiano el estilete. Ningún vecino de Tudela [sic], de Zaragoza o de cualquier pueblo de Aragón, osará aventurarse más allá de los paseos de su ciudad o de la huerta de su poblado sin tener un fusil a mano. No es que el país esté agitado por partidas: en ese tema, los peligros han disminuido, especialmente desde la conclusión de la última guerra civil. Pero los vagabundos no pierden la ocasión de dar un mal golpe, y más de un campesino desocupado se entretiene gustoso tirando sobre su enemigo. La vendetta está muy en boga en el Pirineo aragonés. ¿Y quién puede asegurar que no tiene un enemigo? Un vecino puede envidiarle el campo, su mujer, sus mulas […].

”Si la miseria alcanza ciertos límites, la moral se quebranta; es preciso decidir. Se duda cierto tiempo. Luego, con una ingenuidad brutal y caballeresca, se acaba por adoptar los remedios que las sociedades primitivas ponen a su alcance: el oficio de mendigo en el propio país, el de jornalero en el extranjero y, en último extremo, el de contrabandista o el de bandido. Tras tentar estas cuatro industrias, elige la que se acomoda mejor a su talante o la que le proporciona mayores beneficios […].
”El aragonés coge el puñal o la escopeta por dos motivos: por satisfacer una venganza que cree legítima y, entonces, mata sin robar; o por satisfacer una necesidad imperiosa de dinero y, entonces, roba sin hacer daño. Demanda la bolsa o la vida honestamente, con el sombrero quitado: dadle vuestro dinero y lo perderéis de vista. No tocará ni uno de vuestros cabellos y se dignará dejaros cinco o seis francos para que podáis seguir viaje hasta el próximo pueblo, dándoos escolta si es preciso, a través del bosque”.
Como colofón de estas consideraciones, Cénac-Moncaut explicaría el caso de ese bandolero de origen italiano que, sobre 1816, operaba en las cercanías de Barbastro. A la vista de que una familia rica había aceptado las condiciones económicas impuestas tras un secuestro, el cabecilla consideró ante su partida la posibilidad de incrementar la cuantía del rescate. Esto originó una disputa que acabaría con la muerte del codicioso jefe:

“Imposible -repuso un segundo bandido-: la mala fe va contra los principios de los aragoneses… Cosa prometida, cosa hecha, aunque te cueste el cuello. Desafiadme a subir a la cima del pico de la Maladeta, que nadie ha escalado jamás; puedo negarme, pero si acepto, debo subir o morir en la empresa”.
Por el decir de los visitantes foráneos del siglo XIX, tales eran los forajidos que merodeaban por el Pirineo oscense.

Texto: albertomartinez.desnivel.com
Foto: Sant Corneli y La Maladeta : ojodigital.com

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